Un avión no llegó a las islas. Quedó dispersado entre una nube de fuego y tristeza de todos aquellos que no volverán y, en especial, de aquellos que quedan en tierra viendo como la confusión y el dolor los envuelve sin mediar explicación alguna.
Sin embargo, la información dada por los medios de comunicación españoles, e imagino que los de otros lugares que no he parado a visionar, peca de su propio antónimo. No se han dedicado a plasmar en escuetos comunicados que muestren con rotundidad los hechos ocurridos, ofreciendo las pautas a seguir a los posibles afectados acerca de donde preguntar, como ponerse en contacto con los responsables y demás asuntos triviales que se me antojan necesarios ante una catástrofe como la que nos ha machacado hoy. A decir verdad sí lo han hecho, pero de una manera un tanto forzada y como para cubrirse las espaldas ante críticas como la mía. Los medios han optado por pelearse entre ellos en una lucha de egos en el que saldrán victoriosos aquellos que consigan encontrar el detalle más escabroso o conmovedor de la noticia, llámese la abuela que llora al imaginar el desenlace de sus nietos o el bombero que recogía los deditos de turno bajo los escombros y demás desvaríos inimaginables.
De todo ésto, parte es responsabilidad nuestra, como telespectadores. Yo, en estos momentos, decido apagar el televisor y ya me enteraré mañana de lo que nunca quise tener conocimiento.
Al menos, la televisión pública aprovechó el momento para retransmitir un partido de futbol y, en el otro canal, más resumenes olímpicos. La duda me queda en pensar si suspenderían la emisión de Gran Hermano o cualquier espacio emblemático de las cadenas privadas. Mmmm, creo que no hay tal duda.
Como dicen los Punsetes:
Categoría: Opinión
20 Agosto 2008
Accidentes televisivos
20 ago 08 Autor: chowmowan En: Opinión20 Agosto 2008
La derrota más dulce
20 ago 08 Autor: chowmowan En: OpiniónY entonces todo cambia. No hay como explicarlo. No a mi edad. Miro años atrás y compruebo como el comportamiento adolescente se repite una y otra vez. Como pasa uno de la más profunda desesperación a la mayor de las glorias y, tan sólo, a través de una mirada. Unos ojos clavados en los otros con una rabia tan potente que fue capaz de destruir el muro de orgullo que nos invadía a ambos.
Eramos perfectamente conscientes de que el problema del día anterior no había desaparecido. Tanto ella como yo aún albergamos esas piedras de carbón incandescente que esperaban la mínima brisa para volver a renacer con la fuerza de un huracán. Pero todo era distinto. Había, más que rencor, necesidad de recobrar todo lo acumulado hasta la fecha. No queríamos seguir con esa pantomima de soberbia, a pesar de que hemos desarrollado el instinto de macerarla con facilidad. Sólo queríamos abrazarnos, rozar nuestros labios de nuevo y pedir perdón sin mediar palabra.
Atrás quedó la larga noche de disparos enfrentados. Reproches, acusaciones, irascibilidad y, al mismo tiempo, miedos, agobio y lamentos por no expresar lo que sentíamos y dejarnos llevar por las disfrazadas palabras de dos personas imbéciles y ciegas. Una noche en la que el único consuelo radicaba en tocar unos piececitos inocentes y oír el jadeo de tus pequeños al dormir. Ganas de besarlos y pedirles consuelo por algo que aun no llegan a asimillar.
Pero eso quedó atrás.
Lo planeado horas atrás empezó a cobrar sentido. Fuimos al lugar establecido y volvimos victoriosos de nosotros mismos. Hemos conseguido derrotarnos y no hay atisbo de perdedores. Sólo hay necesidad de sentarnos esta noche a ver una de esas películas extrañas en versión original que nos recuerde que todo puede ser posible, incluso nuestra preciosa historia de amor.
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