Bebo una cerveza mientras reflexiono un poco sobre como ha ido el día. A decir verdad, las sensaciones no son muy buenas, ya que me he pasado toda la jornada de hoy sin hacer absolutamente nada y, ahora, me arrepiento de ello. Recogí a los niños, los traje a casa y los entretuve como buenamente pude, sin hacer un mínimo esfuerzo hoy por presentarles alguna alternativa ociosa que dieran el día como satisfactorio. Es más, dormí demasiado al mediodía y, durante la tarde el tiempo se me echó encima y ya casi que tenía que prepararlos para devolverlos a su madre.
Un día menos. Ahora pienso que tenía que haberlos cogido y llevado a tal lugar, o haberme sentado con ellos a pelear o a hacerles cosquillitas en los lugares secretos que conozco, Pero no lo hice apenas. A decir verdad, lo más genuino fue el ver como la mayor se divertía ejerciendo de médico mientras le ponía las inyecciones a papi...con un palillo de dientes. No supe corregirla y mostrarle que si un médico hace una cosa de esas terminará por sufrir de un episodio repentino de enajenamiento acompañado de fiebre y la dejé que prosiguiera con esa suerte de pinchazos que me convertían en una especie de colador gigante.
El pequeño me sorprendió subiendo la escalera. No sería sorprendente si no fuera porque apenas hace un mes que empieza a caminar con fluidez, pero en mi afán de permitirles tomar ciertas licencias arriesgadas, estuvo a punto de darme una especie de infarto al verle sonriendo a medio camino de donde me encontraba. Tendré que anotar que no es bueno dejar a cargo a la pequeña la responsabilidad de vigilar a su hermano, por muy poco tiempo que me ausente. Punto negativo para mí.
En estos momentos, cuando desaparecen hasta el próximo día y me quedo sólo en casa sentado frente a la pantalla del ordenador o mientras ojeo las páginas de un libro, uno corre el riesgo de sentirse solo. Quizás por eso he reiniciado mi actividad bloguera. Para no caer en las redes del engaño solitario. Soy consciente de que me basta una llamada para sentirme acompañado y que el pensamiento es sólo una mera figuración y nada palpable. Es más, ni siquiera necesito esa llamada para calmarme, en cuanto me bastan unas líneas para confirmar que ahí, al otro lado de la puerta, hay alguien que me hace compañía en la distancia.
Las horas muertas es lo que tiene.
Voy a hacer una cosa. Pondré algo de música rara y veré si recupero esa pizca de sangre que me falta para que confirme que hoy ha vuelto a ser un día precioso y que los pinchazos de palillos de dientes que tengo marcados en la espalda me recuerdan que hoy estuve con ellos.