Y entonces todo cambia. No hay como explicarlo. No a mi edad. Miro años atrás y compruebo como el comportamiento adolescente se repite una y otra vez. Como pasa uno de la más profunda desesperación a la mayor de las glorias y, tan sólo, a través de una mirada. Unos ojos clavados en los otros con una rabia tan potente que fue capaz de destruir el muro de orgullo que nos invadía a ambos.
Eramos perfectamente conscientes de que el problema del día anterior no había desaparecido. Tanto ella como yo aún albergamos esas piedras de carbón incandescente que esperaban la mínima brisa para volver a renacer con la fuerza de un huracán. Pero todo era distinto. Había, más que rencor, necesidad de recobrar todo lo acumulado hasta la fecha. No queríamos seguir con esa pantomima de soberbia, a pesar de que hemos desarrollado el instinto de macerarla con facilidad. Sólo queríamos abrazarnos, rozar nuestros labios de nuevo y pedir perdón sin mediar palabra.
Atrás quedó la larga noche de disparos enfrentados. Reproches, acusaciones, irascibilidad y, al mismo tiempo, miedos, agobio y lamentos por no expresar lo que sentíamos y dejarnos llevar por las disfrazadas palabras de dos personas imbéciles y ciegas. Una noche en la que el único consuelo radicaba en tocar unos piececitos inocentes y oír el jadeo de tus pequeños al dormir. Ganas de besarlos y pedirles consuelo por algo que aun no llegan a asimillar.
Pero eso quedó atrás.
Lo planeado horas atrás empezó a cobrar sentido. Fuimos al lugar establecido y volvimos victoriosos de nosotros mismos. Hemos conseguido derrotarnos y no hay atisbo de perdedores. Sólo hay necesidad de sentarnos esta noche a ver una de esas películas extrañas en versión original que nos recuerde que todo puede ser posible, incluso nuestra preciosa historia de amor.