Un avión no llegó a las islas. Quedó dispersado entre una nube de fuego y tristeza de todos aquellos que no volverán y, en especial, de aquellos que quedan en tierra viendo como la confusión y el dolor los envuelve sin mediar explicación alguna.
Sin embargo, la información dada por los medios de comunicación españoles, e imagino que los de otros lugares que no he parado a visionar, peca de su propio antónimo. No se han dedicado a plasmar en escuetos comunicados que muestren con rotundidad los hechos ocurridos, ofreciendo las pautas a seguir a los posibles afectados acerca de donde preguntar, como ponerse en contacto con los responsables y demás asuntos triviales que se me antojan necesarios ante una catástrofe como la que nos ha machacado hoy. A decir verdad sí lo han hecho, pero de una manera un tanto forzada y como para cubrirse las espaldas ante críticas como la mía. Los medios han optado por pelearse entre ellos en una lucha de egos en el que saldrán victoriosos aquellos que consigan encontrar el detalle más escabroso o conmovedor de la noticia, llámese la abuela que llora al imaginar el desenlace de sus nietos o el bombero que recogía los deditos de turno bajo los escombros y demás desvaríos inimaginables.
De todo ésto, parte es responsabilidad nuestra, como telespectadores. Yo, en estos momentos, decido apagar el televisor y ya me enteraré mañana de lo que nunca quise tener conocimiento.
Al menos, la televisión pública aprovechó el momento para retransmitir un partido de futbol y, en el otro canal, más resumenes olímpicos. La duda me queda en pensar si suspenderían la emisión de Gran Hermano o cualquier espacio emblemático de las cadenas privadas. Mmmm, creo que no hay tal duda.
Como dicen los Punsetes: