La llamada no ha funcionado. Y ahora será difícil conciliar el sueño.
Pero es que uno no sabe ya en lo que pensar. Estoy confundido. Confundido, cansado, triste, enfadado, y demás palabrejas que no pueden reflejar la naturaleza de lo que puede pasar por mi cabeza en tan sólo unos minutos que dura una simple llamada de teléfono.
Es que no hay más que encontrar un muro igual de rígido que tu cabeza para que compruebes que la estupidez que nos azota a los dos no supone más que un nuevo traspiés que te vuelve a hacer tocar la rodilla en el suelo.
Y sangra.